Robin Hood

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XXIV. La última flecha

Pero después de la muerte de Mariana cambió completamente la fisonomía de la banda. Ya no era más que un grupo de hombres reunido; sólo por el hecho de vivir en común.

Pasaban las horas y los días sin hablarse entre ellos y sin organizar aquellas salidas siempre provechosas en busca de algún infeliz a quien proteger o un prepotente a quien castigar, y que eran su más intenso solaz y esparcimiento. Vagaban separados por el bosque, como perdidos, y hasta comenzaron a aparecer las disensiones que nunca habían tenido cabida en sus ánimos. El espíritu de grupo que animaba el deseo de la aventura había desaparecido.

Robin parecía la sombra de sí mismo.

Un día reunió a todos los muchachos, y repartiendo entre ellos por partes iguales todo lo que tenía, les pidió que se considerasen dueños de su destino, con lo que daba por disuelta la banda.

Con el alma henchida de una infinita tristeza, cada une se fue por su lado. Algunos a servir a Alan-a-Dale, personaje que siempre había demostrado simpatía por la banda; otros a casa de sir Richard at Lea, el padre de Mariana, donde fueron recibidos con los brazos abiertos; unos se alistaron en los diversos ejércitos que en ese tiempo hacían la guerra en el continente; pero los más arrendaron tierras y se dedicaron a cultivarlas, recordando los buenos tiempos vividos en el bosque.


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