Robin Hood

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—¡No hace falta! —tronó, impaciente, Gisborne—. Tu culpabilidad y la de tu gente está suficientemente demostrada, y en nombre del sacerdote Hugo yo soy la justicia.

—¡La justicia en manos de los ladrones normandos! —exclamó Robin despectivamente—. ¡Si desde que el rey Ricardo se fue a las Cruzadas ha desaparecido la justicia de este país! —Y haciendo autoritaria la voz y el gesto, conminó:

—¡No permitas que ninguno de tus hombres llegue a dar diez pasos más, porque dejará de ver la luz del día!

Tratando que el gesto no fuera advertido por Robin, Guy de Gisborne llamó por señas a uno de sus hombres.

Cuando estuvo a su lado le dijo, disimulando el movimiento de sus labios:

—Aléjate un poco del grupo y dispara una flecha sobre cualquiera de los hombres de Robin, a fin de distraer la atención de éste. Quizá así podamos tomar la casa por asalto…

Fue certero el tiro del criado de Guy, que dio en tierra con uno de los hombres que más cerca se hallaba de Robin; el infeliz cayó sin exhalar un suspiro, con la flecha clavada en medio de la frente.


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