Robin Hood

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—Ahora, mayordomo —le dijo Robin—, vete en esas brillantes condiciones a tu casa o a la del padre Hugo, que a mí eso no me importa. Pero si ves a ese indigno sacerdote dile de mi parte que desde este momento puede disponer de estas tierras de Locksley y de la granja, donde podrá ocultar mejor los robos que hoy esconde bajo su cogulla pero que no las tendrá a simple título gracioso, pues desde este preciso instante yo le declaro la guerra a él, a ti y a todos los de vuestra ralea, en beneficio de estas honradas gentes, a las que dejan sin hogar, como el pobre Sibald, que acaba de perder la vida.

—¡Gente honrada! —comentó despectivamente Guy de Gisborne.

—¡Sí, honrada y bien honrada! Ya sé que ésa es una palabra que ha de enfurecerte, pues la honestidad y tú sois incompatibles. Dile también a tu compinche el sacerdote, que por este asalto de hoy me tomaré el trabajo de dar alojamiento a expensas de ustedes a todo aquel que por vosotros se vea despojado de su casa o su terreno. —Y dirigiéndose a Scarlett ordenó:

—Scarlett amigo, ponle una rienda en cada mano y que se vaya —dijo haciendo con la propia espada de Guy una seña a éste para que se pusiera en marcha.

El caballo arrancó con paso lento y pasó en la oscuridad, entre los hombres de Robin, llevando en la grupa a su dueño, enajenado de ira y de vergüenza.


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