Robin Hood

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«Está bien —pensó Robin para sus adentros—; hasta esta mañana eran cincuenta y ahora han aumentado a setenta…».

—¿Habrá posibilidad de que esos hombres lleguen a Nottingham? —preguntó la esposa del sheriff.

—Déjalos que vengan —dijo su marido—. Yo los capturaré con mis propias manos y te daré a ti las cuarenta monedas de oro de la recompensa ofrecida, para vestidos.

«Ya lo quisieras», pensó para sí nuestro Robin.

—Dentro de pocos días —continuó el sheriff— la cabeza de ese bandido será paseada por las calles de Nottingham como la de un lobo feroz. Quiero que todas las tierras y los caminos de este condado estén limpios de malhechores.

Terminada la comida, Robin se levantó de la mesa y, dirigiéndose al sheriff con paso firme le dijo, segura la voz al hallarse frente a él:

—Gracias, lord sheriff, por haberme dado de comer. ¿Puedo volver a mi trabajo?

—¿Quién eres tú, bellaco, y cuál es tu trabajo?

Sin hacer caso de la pregunta del sheriff, Robin miró a la mujer de éste y le dijo:

—Espero que mis piezas de loza os hayan gustado, noble dama.


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