Robin Hood

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—¡Ah! —interrumpió Rainault—. ¡Este hombre es nuestro alfarero! Sí, los platos y las fuentes nos han gustado mucho, y espero que hayas comido bien en mi casa… ¿Adónde vas ahora? —preguntó.

—Regreso a mi pueblo de Mansfield, donde vivo y tengo mi taller; seguiré fabricando cacharros, pues hoy he vendido todos los que tenía, frente a esta casa, en el mercado.

—Bien, cuídate en el camino, pues anda suelta por ahí una fiera a la que Guy de Gisborne está en estos momentos tratando de dar caza, si es que salió ya para ello, como se lo ordené. Sabrás que daré una recompensa de cuarenta monedas de oro al que me traiga su cabeza…

—Yo soy hombre de paz y de trabajo, sheriff —le respondió humildemente Robin—. Pero si en el camino llego a saber algo, traeré en seguida las noticias. Adiós, sheriff, y otra vez muchas gracias. —Y recorriendo con la mirada el amplio salón, terminó, dirigiéndose a todos los presentes: —Pasadlo bien todos; adiós.

—Que tengas buen viaje, buen hombre, y gracias por tu regalo —dijo, despidiéndolo, la mujer del sheriff.

Robin hizo una reverencia y salió hacia la calle.


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