Sir Gawain y el caballero verde
Sir Gawain y el caballero verde Puestas las armas, el arnés adquirió un aspecto rico y espléndido: el oro relucía en el cordón y en el lazo más pequeños. Y armado de este modo, oyó misa, ofrecida y celebrada en el altar mayor; fue luego al rey y a sus compañeros de la corte, y afectuosamente se despidió de los señores caballeros y las damas, quienes le besaron y escoltaron, y le encomendaron a Cristo. A la sazón, Gringolet[16] había sido preparado, habiéndosele aparejado una espléndida silla, adornada con numerosos flecos de oro, y recién claveteada para tan noble ocasión. La brida, toda ribeteada de oro, traía adornos repujados, así como los jaeces y gualdrapa, armonizando asimismo la baticola y caparazón con ambos arzones: todo iba guarnecido de rojo, y ricamente tachonado de oro, de modo que brillaba y centelleaba como los rayos del sol. Tomó entonces en sus manos el yelmo, fuertemente forrado y reforzado, y lo besó a toda prisa; se lo ajustó en lo alto de la cabeza, asegurándolo por detrás; y en torno a la babera le pusieron un fino pañuelo con las piedras más brillantes entre sus anchos bordados de seda, y orillado de pájaros pintados, papagayos arreglándose las plumas, tórtolas y flores; todo con tanta profusión, como si en esa labor hubiese trabajado un grupo de mujeres siete inviernos seguidos. La pequeña y costosísima diadema que le adornaba la cabeza iba completamente engastada en diamantes que refulgían con vivos destellos.