Sir Gawain y el caballero verde
Sir Gawain y el caballero verde Ante la chimenea, donde ardía el carbón, dispusieron para sir Gawain una silla ricamente cubierta de preciosos cojines sobre tela acolchada. Luego echaron sobre sus hombros una suntuosa capa de seda bordada y forrada de pieles costosas, toda orillada de armiño, con una caperuza de idéntico valor. Y se sentó en aquella silla digna y principesca, y se calentó y cobró ánimos. Poco después, fue armada una mesa sobre finos caballetes; la cubrieron con un mantel de inmaculada blancura, y sobre éste pusieron un paño, salero, y cubiertos de plata.
Se lavó entonces el caballero, y se dispuso a comer. Los criados, respetuosos y atentos, trajeron diversas y finas sopas, exquisitamente sazonadas, servidas en dobles raciones, tal como se debía, y diversas clases de pescado; unos horneados en pan, otros asados sobre brasas, otros hervidos, otros en salsas con especias; tan hábilmente condimentados todos que le procuraron el más grande placer. De modo que el buen caballero no tuvo sino palabras de cortesía para lo que él calificó muchas veces de verdadero banquete mientras los demás, a la vez que le servían, le aconsejaban:
—Servíos tomar este alimento de penitencia, que pronto podréis resarciros.
Y con ello, el caballero recobraba su alegría y humor; pues el vino caldea siempre el ánimo.