Sir Gawain y el caballero verde

Sir Gawain y el caballero verde

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36.

Gawain observó con atención al que con tanto calor acababa de saludarle, y comprendió que el castillo contaba con un señor valeroso, muy grande, y en la plenitud de sus fuerzas, de barba ancha y lustrosa, color del pelo del castor, ancho y recio sobre unas piernas robustas, la cara fiera como el fuego, y francas sus palabras: en todo parecía, verdaderamente, príncipe de señores, vasallos muy leales y esforzados. Le condujo este príncipe a una cámara, ordenando que se le asignase un hombre para que lo asistiese en todo, y al punto acudió un nutrido grupo de criados a servirle, los cuales le pasaron a un hermoso aposento en el que había un espléndido lecho: tenía cortinas de sedas costosas con brillantes y dorados galones, colchas primorosamente bordadas y preciosas pieles. Unas anillas de oro corrían las cortinas sobre cordones. Había tapices de Toulouse y de Tharsia en las paredes; y a los pies, en el suelo, finas alfombras tan ricas como aquéllos. Allí fue desvestido el caballero entre charlas alegres, y despojado de su cota de malla y su espléndida armadura. Le fueron traídos ricos vestidos para que él eligiese los mejores. Y tan pronto como hubo escogido uno con amplias faldas que le sentaba muy bien, y se lo hubo puesto, pareció a cuantos le rodeaban que su rostro era una visión de la Primavera, y que sus miembros, debajo, estaban dotados de hermosos y espléndidos matices; de modo que pensaron que jamás había creado Cristo caballero más hermoso. Viniera de donde viniese, le tuvieron por príncipe sin par en el campo donde los hombres se medían.


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