Sir Gawain y el caballero verde
Sir Gawain y el caballero verde A la primera explosión de ladridos, todos los animales salvajes se estremecieron. Los ciervos cruzaron desolados el valle y huyeron a las alturas; pero allí los contuvieron con grandes voces los ojeadores apostados. Dejaron pasar a los machos de airosa cabeza, y a los gamos orgullosos de anchas palas en su cornamenta: el noble señor tenía prohibido perseguir en tiempo de veda a uno solo de los machos. En cambio detuvieron a las ciervas con grandes gritos, y a voces las dirigieron hacia los valles profundos. Allí los hombres podían verlas correr y dispararles sus flechas; a cada carrera que daban por el bosque, un flecha afilada venía hiriente a hincárseles en su piel tostada. ¡Ah, cómo balaban y sangraban, yendo a morir a las laderas, acosadas siempre por los perros, y tras ellos los cazadores, con tales clamores de sus grandes cuernos que más parecía que eran las rocas que reventaban! Si un animal escapaba al tiro de los arqueros, era abatido en el siguiente apostadero, después de hacerlo bajar de las alturas y dirigirlo hacia las aguas. Los hombres emboscados demostraron ser tan hábiles y astutos, y sus galgos tan ágiles, que en seguida los cogían y derribaban, de forma que todo concluía en un abrir y cerrar de ojos. El señor, exultante de gozo, cabalgaba y desmontaba una y otra vez, y pasó el día ocupado y feliz, hasta que se hizo de noche.