Sir Gawain y el caballero verde

Sir Gawain y el caballero verde

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48.

Así el señor, entregado a su deporte, corre por los linderos del bosque, y el buen Gawain descansa en blanda cama, bajo hermoso dosel, cubierto de cortinas, mientras la luz del día alumbra los muros. Y sumido en un sueño ligero, oye un leve y furtivo rumor en su puerta, que se abre silenciosamente; saca la cabeza de entre las ropas, alza el borde de la cortina, y se asoma cautamente en esa dirección para ver quién es. Era la dama, la más bella que pudiera contemplarse, que, sigilosa, había cerrado calladamente la puerta tras ella y se dirigía a la cama. El caballero sintió que le invadía la vergüenza; se tumbó astutamente, y fingió dormir. Se acercó ella a la cama con paso quedo, retiró la cortina, se sentó en el borde, y allí se estuvo tiempo y tiempo, observando cuándo despertaba. El caballero siguió echado largo rato, acechando y preguntándose en qué podía parar esta situación, pues sin duda era asombrosa. Pero finalmente se dijo a sí mismo: «Más correcto será preguntarle qué desea». De modo que, haciendo como que se despertaba, se volvió hacia ella, alzó los párpados, y se mostró asombrado; y para sentirse más a salvo, se santiguó con la mano. Con la barbilla y mejillas sonrosadas y blancas, el gesto lleno de gracia, y una leve sonrisa en los labios, exclamó alegremente la dama:



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