Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Ese día el generoso Marcos ordenó que todas las puertas del palacio permanecieran abiertas: pobres y ricos obtuvieron cuanto pudieron desear. El rey hizo distribuir diez mil panes y barrenar trescientos toneles de vino. No hubo juglar en la comarca que no acudiera al castillo. Se recitaron fábulas, se cantaron trovas y bellos lays de amor. Resonaron trompas y bocinas, se tañeron arpas, vihuelas, cítaras, flautas y atabales. Las doncellas bailaron en coro. Todos los juglares que allí estuvieron regresaron con ricos presentes: éste un pellizón de peñas veras, aquél un brial de ciclatón, otro un rocín, aquél una mula. El rey designó cincuenta donceles, de los compañeros de Tristán, de la mejor nobleza de Leonís y Cornualla, para ser armados caballeros.

Llegó la noche. Condujeron a los esposos a la cámara real ricamente engalanada. Tristán y Governal ayudaron al rey a despojarse de sus vestidos. Marcos sonreía, contento, algo trastornado por el vino. Cuando el rey entró en el lecho, Tristán sopló sobre los hachones que iluminaban la sala:

—¿Cómo? —dijo el rey—, ¿habéis apagado la luz?

—Señor —respondió Tristán—, tal es la costumbre de Irlanda: cuando un gran señor yace por vez primera con una doncella se hace la oscuridad en la habitación. La reina de Irlanda me encomendó que así lo hiciera.


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