Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Su arte refinado, algo abstracto, se despliega en dos escenas que son probablemente creación suya: la del perrillo venido del otro mundo, del mundo de las hadas, con su cascabel mágico capaz de ahuyentar las penas, o la descripción de la sala de las imágenes en la que Tristán recrea las figuras de Iseo y Brangel con tal exactitud que se diría que son personas vivas.
A Thomas no le interesa tanto el Tristán guerrero como el Tristán artista y el protagonista de una experiencia amorosa única, aun cuando esta experiencia esté marcada por el fracaso y la muerte y sea fruto de un sino trágico al que Tristán, desde su concepción, parece destinado. Espiritualiza la leyenda y suprime toda alusión a las realidades concretas, incluso a las penalidades de la vida en común en el Morois: no existe sufrimiento de orden físico para los amantes, salvo el que ellos voluntariamente aceptan por amor, como el cilicio que reviste Iseo. Sus penalidades son de orden psíquico y surgen de su propia pasión. Thomas no rehuye los elementos mágicos a pesar de reducir la influencia del filtro: al contrario, los acoge e incluso acrecienta cuando son capaces de manifestar el destino privilegiado, hecho de tristeza y alegría de los amantes, por ejemplo en la extraordinaria concepción de Tristán o en el cascabel mágico que remedia la tristeza.