Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Descubren una cabaña de ramas verdes, el suelo cubierto de hierbas. Iseo entra la primera y se echa sobre los juncos. Tristán lo hace después; saca su espada y la coloca entre los dos. Se acuestan vestidos: ¡si ese día hubieran estado desnudos gran mal les habría sobrevenido! La reina llevaba el anillo de gruesas esmeraldas que el rey le había regalado el día de la boda. Tanto habían adelgazado sus dedos que era maravilla que no se cayese. Dormían abrazados, los labios muy juntos, pero sin tocarse. Ni una brizna de viento los molestaba; sólo un rayo de sol, que se filtraba por entre las ramas, descendía sobre el rostro de Iseo que brillaba como cristal. Están solos. Governal cabalgaba lejos. ¡Señores!, ¡escuchad la aventura que pudo causarles tantos males!
Un florestero descubrió, cabalgando por el bosque, la cabaña en la que habían pasado la noche anterior. Siguió sus trazas hasta llegar al refugio donde descansaba Tristán. Reconoció a los amantes. La sangre se le heló en las venas: si Tristán despertara pagaría con su vida el descubrimiento. Huye sobresaltado: conoce el bando del rey y se felicita por la recompensa que obtendrá. Al llegar al palacio, Marcos administra justicia rodeado de sus barones: