Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Largos meses vivieron en el bosque. Su vida era dura, pero la presencia del uno bastaba al otro para hacerle olvidar todos sus sufrimientos. A veces, sin embargo, la bella Iseo temía que Tristán se arrepintiese y añorase su gloria pasada. Tristán sufría por las calamidades que debía soportar la reina pensando que quizá un día le hicieran lamentar su amor. Si el amor les hacía olvidar todas sus penalidades, sus rostros delgados y pálidos, sus figuras escuálidas y sus ropas desgarradas en harapos indicaban la dureza de su vida.
¡Señores! ¡Ocurrió un día de verano, en el tiempo de la siega, poco después de Pentecostés! Una mañana, al alba, salió de su cabaña Tristán, la espada al cinto. Fue a inspeccionar el arco-que-no-falla y después a cazar por el bosque. A su regreso, una gran pena le oprimía el corazón: ¿hubo jamás alguien tan desgraciado como ellos? ¡Nadie superó tantas calamidades! Sólo el estar juntos se las hacía olvidar. Cuenta la historia que nunca amantes se quisieron más ni pagaron tan alto precio por su amor. Iseo ha salido a su encuentro. El día es caluroso, el sol plomizo los amodorra. Tristán abraza a la reina.
—Amigo, ¿dónde has estado?
—Anduve por el bosque siguiendo a un ciervo; la persecución me ha agotado y desearía descansar.