Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Governal regresa a la cabaña y cuelga la cabeza de su enemigo de una horquilla. Tristán despierta y ve la cabeza medio oculta por las hojas. Reconoce al traidor y, sobresaltado, se incorpora de un brinco.

—No te preocupes —dice Governal riendo—. Puedes estar tranquilo. Lo maté con esta espada porque era tu enemigo.

Se extiende por el país la noticia de la muerte de Ganelón. Desde aquel día todos temen el bosque. Ya nadie se atreve a adentrarse en él por miedo a Tristán, temible en el llano y mucho más en la arboleda, propicia a las emboscadas. Los proscritos pueden vivir en él tan seguros como en un reino fuerte y protegido.

En estos lugares salvajes inventó Tristán el arco-que-no-falla. Nunca erraba el blanco y acertaba a herir en el lugar deseado. Por eso Tristán le dio este nombre. Era un arma de gran utilidad para los proscritos: les permitía nutrirse de caza, ciervos, liebres, gamos y jabalíes sin salir al llano.




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