Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Un día sucedió que Ganelón, uno de los cuatro felones, se adentró en el bosque para cazar. Governal había ido a caballo hasta un riachuelo que surgía de una fuente. Desensilló su montura y se tumbó sobre la hierba mientras el animal pacía tranquilamente. Entre tanto Tristán dormía en la cabaña tapizada de hierbas; tenía en sus brazos, estrechamente abrazada, a la reina por la que tantas calamidades había soportado y afrontado tantas dificultades. Governal oyó la jauría que perseguía a un ciervo. Saltó sobre su corcel, lo espoleó con todas sus fuerzas y corrió a emboscarse detrás de un grueso árbol. El traidor se había separado de sus monteros y cabalgaba solo, sin escudero. Iba veloz sin saber lo que le aguardaba. Poco pensaba entonces en el mal que había hecho a los amantes. Governal lo ve avanzar, lo acecha y espera sin temor, recordando cómo, por sus malos oficios, estuvieron a punto de ser destruidos Tristán y la reina. Al pasar junto a él, sale de su escondite, sujeta el caballo del felón por el freno, lo tira a tierra, lo despedaza y se marcha llevando su cabeza en trofeo. Los monteros que perseguían al ciervo no tardaron en encontrar, junto al árbol, el cuerpo decapitado de su señor; emprenden una huida veloz, seguros de que había muerto a manos de Tristán, el proscrito.