Tristan e Iseo
Tristan e Iseo El rey ordena que nadie le siga. Pese a las protestas de sus barones se deshace de su escolta. Hace ensillar su caballo y parte, espada al cinto. Durante el camino recuerda la traición de Tristán, cuando huyó con Iseo, la del claro semblante. Lleno de ira y rencor, marcha decidido a castigarlos si los encuentra. En la Cruz Roja se reúne con el florestero. Penetran sin perder tiempo en el espeso bosque. ¡Si Tristán estuviera despierto uno de los dos perdería la vida! Cuando se aproximan al lugar se detienen. El florestero le sostiene el estribo, el rey descabalga y ata las riendas a una rama de manzano verde. Se acercan a la cabaña. El rey se despoja de su manto: aparece su cuerpo robusto y gallardo. Hace señas al florestero para que se retire. Desenvaina la espada y avanza dispuesto a la venganza. Blande su arma, va a golpearlos (¡Dios! ¡Qué desgracia si lo hiciera!). Pero ve que Iseo lleva puesta su camisa y Tristán sus calzas, sus bocas no se juntan, la espada desnuda separa sus cuerpos.
—¡Dios mío! —exclama—. ¿Debo matarlos? Si se amasen con loco amor no dormirían vestidos, la espada desnuda entre ellos.