Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Contempla sus rostros: Iseo le parece más bella que nunca. La fatiga la había dormido y coloreado sus mejillas. Un rayo de sol caía sobre su rostro. El rey coloca su guante sobre el hueco por el que se filtra el rayo que abrasa el rostro de la reina. Suavemente sustituye el anillo de Iseo por el suyo y coloca su espada en lugar de la de Tristán, con la que un día su sobrino había matado al Morholt. Antaño, cuando el rey le había regalado el anillo, entraba con dificultad: tanto había adelgazado Iseo en su vida de fugitivos que ahora se le escapaba del dedo y era milagro si no lo perdía. El rey sale de la cabaña, despide al florestero y emprende su viaje de regreso. Renuncia a tomar venganza y oculta celosamente a todos lo ocurrido.

Entre tanto la reina soñaba que estaba en una rica tienda plantada en medio de una gran landa. Veía dos leones hambrientos que se acercaban a ella con ánimo de devorarla. Inesperadamente cada uno de ellos la tomaba por una mano. Dio un grito de miedo y despertó. El guante adornado de blanco armiño cayó sobre su rostro. Su grito despierta a Tristán. La sangre se le hiela en el pecho. Se incorpora y coge la espada: por el puño de oro y las piedras preciosas descubre que es la del rey. La reina se da cuenta del cambio de los anillos.

—Señor —dice Iseo con gran congoja—. ¡Estamos perdidos! ¡El rey nos ha descubierto!


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