Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Iseo, por su parte, se sumía en tristes lamentos: «¡Desgraciada! ¿De qué te sirve tu juventud? Vivo en el bosque como si fuese sierva sin una doncella que me acompañe. Debería morar en palacios, rodeada de nobles doncellas, hijas de vasallos libres, que me servirían con lealtad y a las que yo, en recompensa, casaría con caballeros. Soy reina pero el filtro que bebimos durante la travesía me hizo perder la dignidad que me correspondía. Brangel, ¡mal guardaste el encargo de mi madre!»
Tristán regresa a la cabaña. Como otros días, siente el cansancio de sus largas correrías, pero mucho más le atormentan los remordimientos que lo asaltan. La reina sale a su encuentro, el rostro triste, bañado de lágrimas.
—Amigo Tristán —le dice—, ¡gran mal nos causó quien nos dio a beber el vino de amor!