Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Dios mío —se dijo—, ¡cuántas penalidades! ¡Durante tres años no conocí descanso ni respiro! Abandoné la caballería, las bellas hazañas, las luchas y justas, la vida de corte. Dejé a mis compañeros de armas. Debería estar en la corte con cien donceles a mi servicio. Pero vivo exiliado, vestido de andrajos y he perdido el amor de mi tío. Debería haber ido a otras cortes y a otros países para luchar al servicio de otros señores y conquistar renombre. Por mi culpa, la reina vive en una cabaña de ramas en vez de en ricas cámaras adornadas con bellas cortinas; tiene el bosque por morada en vez de habitar en un palacio, rodeada de doncellas. Ruego a Dios, señor del mundo, que me dé valor para devolverla a su esposo. Lo haría de buen grado si Marcos quisiera reconciliarse con Iseo a la que tomó por mujer según la ley de Roma.

Apoyado sobre su arco, Tristán se aflige; recuerda a su tío, que lo acogió cuando por vez primera llegó a Tintagel, lamenta el ultraje que le causó y el vituperio al que sometió a la reina.






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