Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Rey Marcos. Mal te aconsejó quien te incitó a reunir esta asamblea. Quien lanzó la sospecha debería haber defendido sus propósitos con las armas y no rehuir el combate. Prestas demasiada complacencia a las palabras calumniadoras. La reina Iseo se adelantará y, a la vista de todos, jurará, con la mano derecha puesta sobre las reliquias, que nunca tuvo relaciones ilícitas con tu sobrino, ni lo amó con pasión culpable. Sepan todos que después de su justificación, colgaré a los que se atrevan a acusarla de locura y tú ordenarás a tus barones que no vuelvan a molestarla con propósitos maldicientes.

—¡Ah!, señor Arturo —responde Marcos—. ¿Qué puedo hacer? Con razón me reprochas el haber prestado oídos a los envidiosos. ¡Bien a mi pesar les hice caso! Pero, después de la prueba, no habrá quien se atreva a maldecir de la reina que no reciba su merecido. En contra de mi voluntad he aceptado esta justificación. ¡Que tengan cuidado de hoy en adelante los detractores!

Todos se sientan en filas bien ordenadas. Sólo los dos reyes permanecen de pie y toman a Iseo de la mano. Los caballeros de Arturo rodean las reliquias.

—Reina —dice el rey Arturo—, ¿juráis que nunca Tristán sintió por vos amor deshonesto, sino sólo el afecto que debía tener por la esposa de su tío?


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