Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Resuenan a lo lejos los cuernos de caza de los que persiguen al ciervo. Los reyes atienden las demandas de sus vasallos y los ricos distribuyen generosos presentes entre los menos afortunados. Nunca viose fiesta más esplendorosa. Juglares tañían arpas y cítaras y cantaban fábulas y lays. Se oían trompas y bocinas. Dispusieron las mesas para la cena. Después de la comida el rey Arturo visitó, con sus más íntimos caballeros, el pabellón del rey Marcos. Los dos reyes dispusieron el juramento de la reina, que tendría lugar al día siguiente. Entrada la noche se retiraron a sus pabellones. Todos la pasaron en la landa.
Los atalayas tocaban al alba. Era la hora de prima: el sol calentaba ya, y había disipado la bruma y el rocío. Los cornualleses se reúnen: no había caballero en todo el reino que no hubiera venido con su mujer. Ante el pabellón de Arturo extienden un tapiz de seda y brocado venido de Nicea, bordado con menudas figuras de animales. Sobre él ponen todas las reliquias de Cornualla que se guardan en tesoros, relicarios, filacterios, estuches, arcas y cajas. Arturo habló el primero: