Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Marcharon tristemente, en medio de la noche. El camino bordeaba el jardín donde, en otro tiempo, Tristán acudía al encuentro de su amiga. La luna brillaba e iluminaba el gran pino donde antaño venía para arrojar sus trocitos de madera tallada.

—Maestro, aguárdame en el bosque próximo. Volveré en breve tiempo.

—¿Dónde vas, hijo? ¿No sabes que puedes encontrar la muerte?

Sin vacilar, Tristán dio un gran salto, franqueó las estacas del vallado y se acercó al gran pino.

La reina estaba en su cámara. El rey, dormido, la tenía en sus brazos. De repente escuchó un canto suave y triste como el del ruiseñor que se despide al terminar el verano. La reina reconoció a su amigo que en el Morois imitaba el canto del ruiseñor, del papagayo, de la oropéndola y de todos los pájaros del bosque. «Es Tristán —pensaba—, que viene a darme su último adiós». Allí fuera, la melodía dulce y lastimera se hacía más vibrante. «Es Tristán que aguarda fuera, en medio de la oscuridad y del frío». ¿Cómo podría no acudir?


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