Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Suavemente se desliza de los brazos del rey. Sobre su camisa echa un manto de peñas grises. Para llegar al jardín tenía que atravesar la sala vecina donde diez caballeros vigilaban, por la noche, los accesos al castillo: mientras cinco dormían, los otros cinco guardaban puertas y ventanas. Por fortuna, el sueño había rendido a los diez vigilantes: cinco dormían en lechos, cinco sobre esteras. Con paso firme y decidido, llegó a la puerta y corrió el cerrojo. Al rozar contra la gruesa barra de hierro su anillo tintineó, pero no se despertó ninguno de los vigías. Llegó hasta el jardín y la voz del ruiseñor se calló.
Tristán salió a su encuentro y la abrazó en silencio. Como cosidos por lazos invisibles permanecieron unidos hasta el alba. Durante gran parte de la noche, a despecho del rey y de los vigías, se entregaron al amor y al placer.
Esta noche enloqueció a los amantes. Olvidaron toda prudencia. ¡Lejos quedaron los propósitos hechos ante el ermitaño! A partir de ese día, como el rey había marchado a San Lubín para administrar justicia, Tristán volvió a casa de Orri y por la noche atravesaba entre las sombras el jardín y penetraba hasta las habitaciones de las mujeres.
Un día un siervo lo divisó y acudió a prevenir a los felones, Andret, Denoalen y Godoine, deseoso de obtener una recompensa.