Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Tristán perplejo medita un instante. Comprende que Iseo ha visto algún peligro. Levanta la cabeza y descubre, a través de la cortina, a Godoine. «¡Ah, Dios! —se dice—, ¡no permitáis que yerre el blanco!». Se vuelve hacia la pared, tensa el arco y dispara. Más veloz que un esmerejón o una golondrina parte la saeta, se clava en el ojo del traidor y le atraviesa el cráneo y el cerebro más rápido que si hubiera sido una manzana madura. El felón cae, se golpea contra una alcaceña y se estrella contra el suelo. Iseo, asustada, dice a Tristán:
—Amigo, tienes que huir. ¡Ya ves que los felones conocen tu refugio! ¡Ya no estarás a salvo en la cabaña del florestero! Andret podrÃa decÃrselo al rey. ¡Huye, amigo! PerinÃs ocultará en el bosque el cuerpo del traidor y Marcos nunca sabrá lo que ocurrió.
—Amiga Iseo, ¿cómo podré vivir lejos de aquÃ? Pero no puedo evitar marchar sin saber dónde ni a qué paÃs. Si un dÃa alguien te presenta el anillo de jaspe verde, ¿harás lo que te pida?
—Nada ni nadie podrá impedir que siga tu voluntad.