Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Pero el felón había alcanzado ya el castillo. Apostado en la ventana, había levantado la cortina con una larga rama de espino afilada y contemplaba la habitación ricamente tapizada. Primero entró Perinís. Luego apareció Brangel, que acababa de peinar a su señora y llevaba aún el peine en la mano. Vio después a Iseo. Al final, apareció Tristán, en una mano su arco con dos flechas, en la otra las largas trenzas de su enemigo. La reina acude a saludarlo y descubre, en el marco de la ventana, la sombra que proyecta la cabeza del felón. Hábilmente oculta un gesto de temor y de rabia.
—¡Mira estas trenzas! —le dice Tristán—, ¡eran de Denoalen! ¡Ya nada tendrás que temer de él! ¡He tomado buena venganza! ¡Éste no volverá a comprar ni vender escudo ni lanza!
Iseo no tiene humor para bromas.
—Tristán —le responde—. Tensa el arco, quiero ver si está bien tirante. Empúlgalo y cuida que no se retuerza la cuerda. Veo algo que me molesta.