Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Al día siguiente, Tristán se puso en camino siendo todavía de noche. Caminaba entre las zarzas espesas cuando vio a Godoine que venía por la llanura. Se ocultó tras un matorral, desenvainó la espada y le tendió una emboscada. Por desgracia, Godoine cambió bruscamente de ruta. Tristán salió de su escondite y oteó el horizonte: el traidor estaba demasiado lejos para alcanzarlo. No pasó mucho rato sin que viera, en la lontananza, a Denoalen, cabalgando sobre un palafrén negro con dos grandes lebreles: iba a levantar un jabalí en un soto. Tristán lo aguarda detrás de un manzano. ¡Antes de que los perros logren desalojar la pieza de su cubil, su dueño habrá recibido un golpe que nadie podrá curar! Se despoja de la capa. Denoalen se acerca sin sospechar su presencia. De un salto Tristán le cierra el paso. En vano intenta huir el felón. Tristán le asesta tal golpe con su espada que de un tajo le separa la cabeza del cuerpo. Luego le corta las trenzas y las guarda en su jubón para mostrarlas a Iseo, su amiga. Durante el camino hacia el castillo lamenta que Godoine no haya corrido una suerte pareja.






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