Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Moldagog puede guardar sus tierras en paz mientras yo viva —respondió Tristán—. ¿Qué me empujaría a penetrar en sus dominios? Existen otros muchos lugares donde perseguir el ciervo con mis perros y no me faltarán bosques donde cazar mientras viva.

Sin embargo, miró la floresta y contempló sus bellos árboles, altos, derechos y robustos, con las más diversas esencias que nunca vio. La selva era hermosa y solitaria; por un lado descendía hasta el mar, por el otro cerraba su paso el río que nadie podía franquear. Regresaron al castillo, pero esa noche Tristán pensó en el terrible gigante que guardaba tan bello lugar.

Días después revistió sus armas y salió sin decir a nadie hacia dónde se dirigía. Cabalgó hasta el vado del río que separaba las tierras del duque de las del gigante. La corriente del río era violenta, su lecho profundo y las peñas que lo bordeaban escarpadas. Pero Tristán se decidió a tentar la aventura. Picó espuelas y se lanzó al torrente. ¡Poco le faltó para ser arrastrado por la fuerza de las aguas! Tiró con fuerza de las riendas, varió la dirección del caballo y logró llegar a la otra orilla. Una vez allí, descabalgó, liberó al corcel de su silla, lo dejó descansar y secó sus ropas. Después espoleó el caballo y se introdujo en el bosque. Tomó su cuerno y tocó con tal fuerza que montes y valles retumbaron repitiendo sus sonidos.


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