Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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19. La sala de las imágenes

Tristán vivía en la angustia, recordando a la reina, pero ocultaba celosamente su tristeza. Fingía la alegría y todos lo creían un hombre sano, fuerte y contento. El viejo duque nada podía sospechar y Kaherdín ignoró su tristeza durante mucho tiempo. A todos hacía buen semblante. Participó en diversas luchas con Kaherdín. Siempre estaba dispuesto a entablar una partida de ajedrez o de tablas o a aceptar una cabalgada o a perseguir por el bosque ciervos, corzos o gamos en compañía de su amigo. Un día que salió con el duque de cacería por el bosque, llegaron a un río ancho y profundo que corría impetuoso por entre los grandes riscos.

—Tristán, amigo —le dijo el duque—. Aquí acaban mis dominios. Antaño se extendían al otro lado del río, pero hubo terribles combates, en los que perecieron muchos caballeros de este reino. En la otra orilla guarda la región un temible gigante, llamado Moldagog, y si alguno de mis hombres osase atravesar el río siquiera para perseguir un corzo, invadiría mis tierras y las pondría a sangre y a fuego. Todos mis barones juraron este pacto. Os lo digo para que nunca atraveséis este vado: sería vuestro fin y el de nuestras tierras.


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