Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Loco de ira, el gigante blandió su maza y la lanzó con todas sus fuerzas. Tristán esquivó el golpe y, antes de que el gigante pudiera recuperar su arma, saltó, ligero como una ardilla, alcanzando al gigante y seccionándole de cuajo una pierna. Al verle abatido, intentó golpearlo en la cabeza, pero Moldagog gritó implorando piedad.
—¡Sea! —dice Tristán—, os perdonaré la vida si juráis servirme fielmente y poner a mi disposición todos vuestros tesoros y riquezas que me serán de gran utilidad para un proyecto que deseo realizar.
Tristán curó la herida del gigante y le talló una pierna de madera. Luego concluyeron un pacto por el que Moldagog proporcionaría al vencedor cuantos albañiles, carpinteros, herreros, portaventaneros, picapedreros, cristaleros, pintores e imagineros necesitase, así como las más preciosas maderas y piedras. Al caer la tarde, Tristán regresó a la corte. Contó que durante todo el día había errado por el bosque persiguiendo un jabalí que había logrado escapar y que no cesaría hasta darle caza. Al día siguiente se levantó con el alba y cabalgó hasta las tierras del gigante. Durante un mes vino todas las mañanas hasta concluir su obra.