Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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En lo más espeso del bosque descubrió un otero, una de cuyas laderas ocultaba la más bella gruta que nunca nadie pudo imaginar. En su interior se abrían dos grandes salas abovedadas, separadas por un arco de piedra natural, la segunda de las cuales estaba alumbrada por una hendidura estrecha y profunda que dejaba penetrar la luz del sol, la lluvia y el rocío. Tristán hizo cerrar la entrada de la gruta con una gran puerta hecha de diversas maderas y cerradura dorada. Tapó la abertura de la bóveda con una gran vidriera con cristales de colores diversos, engastados en plomo: al filtrarse el sol por ella diríase que la sala se inundaba de rubíes, granates, zafiros, alabandinas y crisólitos relucientes. Tallaron las paredes de las salas y las cubrieron de mosaicos y pinturas que representaban flores, frutos, árboles, grifos, quimeras, dragones, hombres cornudos y todo tipo de monstruos peligrosos. Carpinteros, orfebres y pintores se aplicaron con ahínco a la labor, sin que ninguno de ellos conociera las intenciones de Tristán.







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