Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Cuando las dos salas estuvieron prestas, colocó en la primera de ellas un raro instrumento, a la manera de un órgano, con cien tubos, en el que podían oírse unos tras otros o a la vez los acordes de la jiga, del arpa, de la flauta, de los címbalos, campanillas, tambores, chifonías. Al cerrar la puerta de la gruta comenzaban sus sones mientras doce donceles, tallados en madera de sándalo y marfil, y otras tantas doncellas vestidas de seda y orfrebes, danzaban y dirigían la carola. La segunda sala estaba adornada aún más ricamente que la primera. En ella dispuso Tristán dos figuras de talla humana, talladas y pintadas con tal destreza que cuantos las vieran creerían hallarse ante seres vivos. La primera de ellas representaba a la reina Iseo, la segunda a su fiel camarera Brangel, con la que había compartido sus secretos y arcanos. Vestía la reina una gran túnica de púrpura dorada adornada con pieles de armiño, un ceñidor de herretes de plata ajustaba su figura: la púrpura simbolizaba el duelo, la aflicción y miseria de la reina por Tristán. Sobre su cabeza, de la que colgaban sus dos trenzas doradas, llevaba una corona del más puro oro de Arabia, adornada de rubíes y zafiros; en el florón que ceñía su frente brillaba una gruesa esmeralda cual nunca rey ni reina habían lucido. En su mano derecha llevaba el anillo de jaspe verde y una banda desenrollada en la que se leían estas palabras: «Tristán, tomad este anillo y conservarlo por mi amor y recordad nuestras penas y alegrías». Bajo sus pies, a manera de escabel, aparecía la figura del malvado enano Frocín, fundida en cobre. La imagen hollaba al deforme ser que tantas veces los había denunciado ante el rey. Enfrente de Iseo, sobre un pedestal, aparecía Brangel, con Husdén, el fiel perro de Tristán, tallado en oro, recostado a sus pies. Vestía sus más bellos atavíos y en sus manos tenía una copa cincelada con un letrero: «Reina Iseo, tomad este brebaje». Era la bebida de amor que un día la reina de Irlanda había macerado para su hija y el rey Marcos. En la primera sala, protegiendo la entrada, Tristán había dispuesto una gran imagen que representaba al gigante Moldagog, con su única pierna, blandiendo la maza de hierro como para alejar a los intrusos. Se cubría con una piel de cabra, rechinaba los dientes y lanzaba furiosas miradas como si quisiera quitar la vida a cuantos osasen entrar en el recinto. Al otro lado de la puerta se tenía un fiero león todo fundido en cobre, cuya cola se enroscaba en torno a una imagen que representaba a Andret, el malvado consejero del rey Marcos que había deshonrado y calumniado a Tristán.


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