Tristan e Iseo
Tristan e Iseo En sus horas de desaliento, cuando la tristeza lo embargaba, Tristán volvía a cruzar el profundo río, sorteaba los riscos escarpados, se adentraba en el bosque que otrora poseyó Moldagog y penetraba en la gruta. Allí cuenta a las imágenes sus placeres y alegrías de amor, sus trabajos y dolores, sus penas y angustias. Contento, abraza la imagen de Iseo como si abrazase a la reina. En ocasiones se enfada, se desespera pensando que la reina haya podido olvidarlo o al menos consolarse con su señor; entonces le vuelve la espalda y se dirige a Brangel: «Bella, a ti me quejo de la inconstancia y traición de tu señora». El reflejo del anillo de jaspe le hace dejar sus sombríos pensamientos: recuerda el rostro afligido de su amiga cuando se separaron y la promesa que se hicieron. Llora y pide perdón a la imagen por sus infundadas sospechas, convencido de la insensatez de sus celos. A nadie podía descubrir su voluntad y su deseo: construyó esta imagen para poder confesarle sus alegres pensamientos y sus locos enfados, sus penas y alegrías de amor. Amor le empuja a tan necia conducta: unas veces se marcha airado, otras vuelve gozoso, ora sonríe a la imagen, ora se enoja con ella. Amor lo había herido como hirió a Iseo, a Marcos y a la hija del duque de Bretaña: Marcos posee el cuerpo de Iseo y usa de él a su voluntad, pero el pensamiento de la reina está puesto en su amigo. Tristán no puede satisfacer su deseo con su amiga ni con su esposa a causa de su amor. La hija del duque de Bretaña es aún más desgraciada que la reina, pues no posee ni la compensación del placer.