Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Pronto se cumpliría un año de las bodas de Tristán. La bella Iseo, la de las Blancas Manos, vivía virgen con su señor. Todas las noches compartía su lecho, pero Tristán no requería de ella los placeres que a hombre desposado corresponde. Ella ocultaba celosamente su secreto a todos los suyos. ¡Ninguno de ellos podía sospechar lo que pensaba en su corazón!
Un día Tristán y Kaherdín fueron invitados por sus vecinos a una fiesta en la que se celebraban justas y torneos. Los dos amigos salieron de mañana llevando con ellos a Iseo. Cabalgaban conversando animadamente: Tristán iba a la izquierda de Kaherdín que sujetaba, con la mano derecha, las riendas del palafrén de su hermana. Contaban chanzas, hablaban de las lides en las que iban a participar y tan entretenidos estaban con su charla que dejaron a los caballos trotar a su aire. La montura de Kaherdín resbaló sobre las hierbas húmedas y arrastró a la de Iseo, que se encabritó. La joven picó espuelas y agarró fuertemente las riendas. El animal dio un brinco y cayó en un charco de lluvia; al hundirse en el fango, sus cascos recién herrados hicieron saltar el agua que salpicó las piernas de la joven separadas para volver a aguijonear a su montura. Con el frío de las gotas de agua, Iseo se sobresaltó, pegó un grito y rompió a reír.
