Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Kaherdín baja del árbol y se introduce entre los escuderos y criados. Al dar una vuelta el camino, la comitiva se estrecha y detiene el paso. La reina se acuerda de Petit-crú y pide a Brangel que se lo traiga. La doncella lo saca de su jaula de barrotes de oro, pero, al llevárselo, el animal salta al camino y huye en dirección al bosque. Kaherdín desmonta al instante, alcanza a Petit-crú y lo devuelve a Brangel, acariciándolo para que la doncella y su señora pudieran reconocer el anillo. En ese instante, de un matojo de espinos blancos surgieron cantos de alondras y currucas, que Tristán dedicaba a su amiga. La reina comprende que está cerca y entona una bella canción: «Pajarillos que alegráis estos bosques con vuestras canciones. ¡Cortejadme esta noche hasta el castillo de San Lubín!».

—Decidle a mi señor —dijo Iseo a Brangel en voz alta para que lo pudiera escuchar Kaherdín— que me siento enferma y agotada del viaje y que desearía pasar la noche en el castillo más cercano.

Kaherdín regresó junto a su amigo y dio por cumplida la palabra de Tristán.




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