Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—¡He visto a Brangel! —exclama Kaherdín desde su escondrijo, asombrado por el esplendor y la riqueza del séquito real.

—¡No! —contesta Tristán sonriente—, son las camareras corrientes que se ocupan de las faenas más bajas: lavan la ropa, ahuecan las almohadas y hacen las camas.

Aparece el chambelán seguido de los caballeros y donceles que cantaban bellas canciones, lays y pastorelas. Detrás de ellos cabalgaban las doncellas, hijas de príncipes y barones, en sus palafrenes. Al fin aparecen, en una carroza dorada, la reina y Brangel. Junto a ellas, en una jaula de oro, iba el perrillo de pelaje cambiante que había pertenecido a las hadas, Petit-crú.

—Tenías razón, Tristán —dice Kaherdín—. La reina es más bella de cuanto nunca hombre pudo imaginar, pero Brangel es tan hermosa que muchas bellezas admiradas se preciarían de ser sus camareras.

—Toma este anillo y muéstralo a la reina —le responde Tristán—. Acércate a Brangel que, al saber que llevas un mensaje mío, te ayudará. Pero desconfía del hombre que cabalga a la derecha de la reina: es Andret, el barón felón que tantos daños nos ha causado.


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