Tristan e Iseo
Tristan e Iseo El buen Dinas los albergó con todos los honores. Luego se reunió en secreto con Tristán, que le contó su vida y el motivo de su viaje. Dinas aceptó llevar su mensaje a la reina. Tomó el anillo de manos de Tristán y se dirigió al palacio.
En la cámara real, la reina jugaba al ajedrez con su esposo. Dinas se sentó junto a ella, en un escabel. Dos veces, fingiendo indicarle la jugada, puso la mano sobre el tablero para que Iseo viese el anillo. La reina lo reconoció y fingió estar hastiada del juego. Esperó a que el rey abandonase la sala y se retiró a sus habitaciones haciendo venir a Dinas.
—Reina, Tristán me envía para que dentro de dos días vayáis, por su amor, con toda la corte y gran séquito de damas, doncellas y caballeros de caza, a la Blanca Landa.
La reina, muy alegre, dio las gracias al senescal y se dispuso a cumplir el deseo de su amigo.
El día señalado Tristán acudió con Kaherdín al camino por donde el rey debía de pasar y se ocultaron entre el ramaje de una encina.
¡Nadie vio nunca cortejo más fastuoso! Pasaron los lacayos, criados, cocineros, los maestros de jaurías con los galgos y los bracos, los cetreros llevando en el puño izquierdo halcones, gavilanes y neblíes. Luego aparecieron las doncellas, camareras, lavanderas, criadas.