Tristan e Iseo
Tristan e Iseo ¡Señores! Tristán y KaherdÃn llegaron a Cornualla. Desembarcaron sus corceles y, muy temprano, partieron en dirección al castillo de Dinas de Lidán. No habÃan recorrido la mitad del camino cuando escucharon el galope de un caballo que los seguÃa. Tristán abandonó el sendero y se refugió tras unas zarzas espesas y tupidas, temiendo que algún vasallo del rey pudiera reconocerlo y delatarlo. Comprobó divertido que el caballero venÃa con los ojos cerrados, dormitando sobre su silla.
—Es Dinas —dijo Tristán a su compañero—. Va dormido. ¡Volverá de ver a su dama y sueña todavÃa con ella! No serÃa cortés despertarlo.
Salió de su escondite, tomó las riendas del caballo de Dinas y cabalgó a su lado sin que el buen senescal advirtiese su presencia. Pero el caballo pisó una piedra musgosa, resbaló y se espantó. Su sobresalto despertó al caballero.
—Tristán, amigo —le dijo—. ¡Qué alegrÃa verte! ¿Qué nuevas te traen por aquÃ? Desde que te fuiste, la reina languidece y tememos por su vida.
—Malas noticias traigo, amigo —respondió Tristán—. Vengo a pedirte ayuda y a rogarte que nos ocultes en tu castillo.
