Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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21. El regreso a Cornualla

¡Señores! Tristán y Kaherdín llegaron a Cornualla. Desembarcaron sus corceles y, muy temprano, partieron en dirección al castillo de Dinas de Lidán. No habían recorrido la mitad del camino cuando escucharon el galope de un caballo que los seguía. Tristán abandonó el sendero y se refugió tras unas zarzas espesas y tupidas, temiendo que algún vasallo del rey pudiera reconocerlo y delatarlo. Comprobó divertido que el caballero venía con los ojos cerrados, dormitando sobre su silla.

—Es Dinas —dijo Tristán a su compañero—. Va dormido. ¡Volverá de ver a su dama y sueña todavía con ella! No sería cortés despertarlo.

Salió de su escondite, tomó las riendas del caballo de Dinas y cabalgó a su lado sin que el buen senescal advirtiese su presencia. Pero el caballo pisó una piedra musgosa, resbaló y se espantó. Su sobresalto despertó al caballero.

—Tristán, amigo —le dijo—. ¡Qué alegría verte! ¿Qué nuevas te traen por aquí? Desde que te fuiste, la reina languidece y tememos por su vida.

—Malas noticias traigo, amigo —respondió Tristán—. Vengo a pedirte ayuda y a rogarte que nos ocultes en tu castillo.


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