Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Kaherdín, por su parte, encontró a la fiel Brangel más bella de lo que la había imaginado, con su cuerpo gentil y la boca bermeja y sonriente. Mientras hablaba, sus manos no permanecieron ociosas para las caricias y abrazos. Kaherdín agradó a la bella, pero ella no quiso otorgarle la última merced. Como habría resultado peligroso despedirlo a tan altas horas, tuvo que consentir que pasase la noche a su lado. Pero Brangel era fértil en recursos y antaño, en Irlanda, se había iniciado en la magia. Poseía un cojín maravilloso que tenía la virtud de dormir en el acto a quien posaba su cabeza sobre él sin despertar hasta que le fuera retirado. Al preparar el lecho, lo colocó bajo la almohada del caballero. A la mañana siguiente se levantó al alba y retiró el cojín.
—Señor —dijo burlonamente a Kaherdín—. ¡Mucho habéis dormido! ¡Sin duda las fatigas del viaje os habían agotado! ¡Si hubiese sabido que es vuestra costumbre dormir tan decentemente con las damas, no habría puesto tantas dificultades para dejarme convencer!
Kaherdín escuchaba, rojo de rabia y vergüenza, las burlas de la muchacha. Pensó que había sido presa de un sortilegio y juró que en adelante tendría más cuidado.