Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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A la noche siguiente Brangel repitió la astucia del día anterior. Kaherdín se introdujo en el lecho; se movía y revolvía en todos los sentidos, sin dejar descansar su cabeza sobre la almohada, temiendo un nuevo encanto. Tanto hizo que el cojín cayó al suelo. Comprendiendo el engaño, fingió, el muy astuto, que dormía hasta que vio acostarse a la doncella. Entonces se acercó dulcemente a la joven y le dijo:

—Bella, ahora tendréis que saldar vuestra deuda.

Y Brangel, a quien Iseo habría reprochado su dureza, no pensó en rechazar a su amigo, que era gracioso y bien formado. Le dejó hacer a su voluntad y dice la historia que lo halló de su agrado.









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