Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Palidece, atemorizada, por temor al rey, que la precede a pocos pasos. Mira el anillo que lleva al dedo, desearía dárselo para que Tristán sepa que lo ha reconocido pero ignora cómo ocultar su gesto a los ojos de cuantos la observan. Piensa echarlo en la escudilla del malato. Pero Brangel también ha reconocido a Tristán y comprende las intenciones de su señora. Lo increpa llamándole truhán holgazán, reprocha a los criados que hayan dejado aproximarse a la reina a un enfermo tan repugnante.

—Muy santa y generosa os veo, señora —dice a la reina—. ¿Queríais dar vuestro anillo al malato? No lo hagáis. Os arrepentiréis.

Los criados expulsan a Tristán del templo. Se marcha en silencio. ¿Cómo es posible que Brangel lo odie? Sufre por el trato ignominioso recibido. Las lágrimas le corren por el rostro al pensar en su triste destino, en su juventud malgastada, en su honor de caballero perdido, en su amor que tantos dolores, tristezas, temores, angustias, peligros, pruebas y exilios le deparó.

No lejos de la corte había una vieja morada, en otro tiempo rica y fastuosa, ahora medio en ruinas, con las paredes desconchadas y los muros agrietados. Allí buscó refugio Tristán y se recostó bajo la escalera. Las vigilias, los ayunos y las penalidades lo habían debilitado. Las fuerzas le faltan, detesta la vida y desea la muerte.


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