Tristan e Iseo
Tristan e Iseo Entre tanto también Iseo se lamentaba de seguir con vida. Maldecía a Brangel por haber dejado marchar a Tristán. Acongojada no cesaba de llorar y suspirar. El día transcurría entre fiestas y alegrías sin que ella pudiera encontrar placer.
Ocurrió que, al atardecer, el portero de la vieja morada donde se había ocultado Tristán sintió frío y envió a su mujer a buscar leña. Ella se dirigió al hueco de la escalera donde guardaban troncos secos y leños cortados. En la oscuridad palpa la esclavina raída de Tristán: al sentir su cuerpo, se sobresalta y da un grito pensando, en su ignorancia, haber topado con el Maligno. Corre en busca de su marido, quien acude a las ruinas con una antorcha y descubre a Tristán reclinado sobre las pajas y los maderos, la cabeza apoyada en un tronco, medio moribundo. Acerca la antorcha y comprueba que es hombre y no ser sobrenatural, pese a estar más frío que hielo. Al resplandor de la tea, Tristán despierta y le cuenta quién es y por qué vino a esta morada en ruinas. Compadecido, el hombre lo lleva a su humilde casa, lo acuesta en un buen lecho mientras su mujer le prepara alimentos. Luego acepta llevar su mensaje a Iseo y a Brangel.
Por desgracia, Brangel era tenaz en sus enfados y la falsa huida de Kaherdín había creado en ella gran resentimiento.