Tristan e Iseo
Tristan e Iseo —Noble doncella —le suplicaba Iseo—. ¡Ten compasión de nosotros! Tristán languidece de angustia y de tristeza. ¡Id a confortarlo! ¡Antaño lo amabais tanto! ¡Consoladlo ahora!
—¡No lo haré! No me importa que viva o muera. ¡No lo consolaré! ¡Ya nadie podrá acusarme de encubrir vuestros locos amores! ¡Os servà lealmente y habéis pagado mis esfuerzos dándome este amante que me deshonra!
—No creáis palabras engañosas. Acudid en ayuda de Tristán que disipará vuestro resentimiento explicando lo sucedido.
Iseo ruega, suplica, implora. Le pide mil veces perdón, la halaga y adula. Tanto insiste que logra convencer a la enojada doncella. Acude a la humilde casa donde encuentra a Tristán enfermo y débil, el rostro sin color, el cuerpo delgado. Tristán le pregunta la causa de su enfado y, al conocerla, le jura que KaherdÃn no huyó a la vista de Andret y que pronto se vengará de quien lo acusó. La reconciliación hecha, Brangel conduce a Tristán junto a Iseo, en su cámara de paredes de mármol. Juntos pasan la noche en gran placer. Al alba se despiden. Tristán regresa a la nave, donde lo espera KaherdÃn. Levan anclas y zarpan hacia Bretaña, donde Iseo la de las Blancas Manos se desespera por la tardanza de su señor.