Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Ira de mujer es de temer y todos deben guardarse de ella, pues allí donde más haya amado, más prestamente se vengará. Rápida es para el amor, más aún para el odio; más dura en ella el rencor que la amistad. Sabe moderar el amor, pero no el odio mientras dura su enfado. Iseo, las de las Blancas Manos, había escuchado la conversación del otro lado de la pared. Descubre el amor de Tristán por la reina, le irrita pensar que lo amó mientras él pensaba en otra, entiende por qué no logró con él ninguna de las alegrías que esperaba. Finge no haber oído nada, pero conserva todo en su corazón y espera la ocasión propicia para vengarse de la persona a la que más ama en el mundo.

Como todos los días, entra en la habitación de Tristán. Oculta cuidadosamente su ira y lo sirve con rostro sonriente. Le habla con dulzura, lo besa y abraza, le da muestras de gran amor. Pero su corazón, dominado por la ira, maquinaba su venganza.

Kaherdín prosigue su viaje hasta llegar al puerto de Tintagel. Allí desembarca. Pone sobre su puño un azor, toma una tela rica de extraño color y una copa finamente tallada con relieves de niel y las ofrece al rey Marcos, pidiéndole su salvoconducto para poder comerciar libremente en su reino. El rey le otorga su protección delante de toda la corte. Se acerca a la reina para mostrarle sus mercancías y le ofrece un alfiler de oro y piedras preciosas.


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