Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Gracias, amigo —responde Tristán—. Lleva este anillo: es el signo por el que Iseo sabrá que vas de mi parte. Llegarás a la corte disfrazado de mercader, te acercarás a la reina y harás que vea el anillo: ella inventará un pretexto para hablarte a solas. Salúdala de mi parte y dile que de ella depende mi curación, que moriré si no viene en mi ayuda. Explícale mi mal. Recuérdale la dicha y el placer que conocimos en otro tiempo, día y noche, las penas y las tristezas, las alegrías y dulzuras de nuestro amor leal y verdadero. Dile que piense en cuando curó mi herida, en el filtro que juntos bebimos en el mar: en él estaba nuestra muerte, nunca más conocimos sosiego. Recuérdale los sufrimientos que me causó su amor: por ella sacrifiqué mi familia, mi tío el rey y su corte; fui expulsado vilmente y exiliado a países extraños. Tanto he sufrido penas y trabajos que apenas si me quedan fuerzas, apenas si vivo. Pero nada ni nadie pudo vencer nuestro amor ni nuestro deseo. Háblale de la promesa que nos hicimos al despedirnos cuando me entregó este anillo: me pidió que, dondequiera que fuera, nunca amase a otra mujer. Siempre fui fiel a esta promesa y nunca conocí amor por dama alguna, ni siquiera por tu hermana. Pídele, por la fe que me debe, que venga en mi ayuda. ¡Así sabré que me ama! Poco valdría cuanto hizo por mí si ahora no acude en mi socorro. Débil sería su amistad si me traicionase en estos momentos. ¿De qué me serviría su amor si me abandona en mi aflicción? De poco habrá servido la dicha que me dio si no me ayuda contra la muerte. Amigo, márchate con presura y regresa en cuanto puedas: cuarenta días te doy de plazo. No digas a nadie el motivo de tu viaje. Toma mi nave y lleva dos velas: una blanca y una negra. Si Iseo te acompaña, a tu regreso iza la vela blanca; si no viniera, la negra. Nada más tengo que decirte, amigo. ¡Que Dios te acompañe y te traiga sano y salvo! Tristán suspira, llora y se lamenta. Kaherdín lo abraza y se despide de él, los ojos llenos de lágrimas. Prepara su viaje. Con el primer viento favorable se hace a la mar. Levantan anclas, izan las velas, navegan a contracorriente con suaves brisas; quiebran las olas, atraviesan las aguas de mares profundos. Llevan ricas mercancías: cendales, ciclatones, costosas telas de seda, paños de extraños colores, vajilla fina de Tour, vinos del Poitou y aves de España. A plena vela navegan hacia Cornualla. Veinte días con sus veinte noches duró la travesía.


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