Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Tristán se incorpora con gran esfuerzo y se apoya contra la pared. Kaherdín se sienta a su lado. Ambos lloran: lamentan su buena amistad y su amor que tan pronto se verán quebrados. Hacen gran duelo por su próxima separación.

—Amigo —le dice Tristán—. Estoy en país extranjero sin pariente ni amigo, salvo tú. Si estuviera en mi país, mi mal podría curar, pero aquí nadie puede aliviarlo: por eso perderé la vida. Sólo la reina Iseo puede curarme: ella conoce remedios que podrían salvarme y si supiera mi estado me ayudaría. Pero, amigo, no sé cómo darle a conocer mi mal. Sólo tú puedes ayudarme: si pudiera enviarle un mensajero, ella acudiría a socorrerme. Por eso te pido, en nombre de nuestra amistad, que me hagas este servicio. Por el amor que sientes por mí y por la fe que juraste cuando Iseo te dio a Brangel, acepta ser mi mensajero. Te prometo que si por mí te pones en camino, siempre te estaré agradecido y nunca dejaré de hacer nada que pudieras pedirme.

Kaherdín, conmovido por sus lágrimas, sus lamentos y su desesperación, le responde con afecto:

—Compañero, no llores. Haré lo que deseas. No me importa afrontar los más temibles riesgos ni una aventura de muerte para lograr tu curación. No existen peligros ni obstáculos que puedan retenerme ni impedir que cumpla tus deseos. Dime cuál es el mensaje y me aprestaré para el viaje.


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