Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Con grandes esfuerzos logra llegar hasta el castillo. Vienen los físicos que limpian y curan sus heridas, pero ninguno conoce remedio contra el veneno: cogen hierbas, muelen y trituran raíces, fabrican pociones mas nada logra curarlo. Tristán empeora: el veneno se esparce por su cuerpo hinchándolo; su piel ennegrece, sus fuerzas flaquean, los huesos se le señalan bajo la piel. Comprende que su vida se acaba y que morirá si nadie logra socorrerlo. Sólo la reina Iseo podría curarlo si estuviera a su lado como curó antaño la herida que había recibido del Morholt. Mas Tristán no puede ya soportar las fatigas de la travesía y teme volver a un país donde tantos enemigos tiene. Y la reina no puede venir. Tristán sufre al pensar que no tiene salvación. Languidece. Le atormenta el olor nauseabundo que se desprende de la herida infectada y el veneno que poco a poco se va apoderando de su cuerpo. Manda llamar a Kaherdín; dice que desea hablarle a solas y hace salir a todos de la habitación. Iseo, la de las Blancas Manos, observa sorprendida y se pregunta en su corazón qué desea hacer Tristán. ¿Acaso quiere abandonar el mundo para hacerse monje o canónigo? Mientras un hombre de su confianza vigila, pega el oído a la pared que linda con el lecho de Tristán y desde fuera escucha la conversación.



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