Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Meses y semanas esperó Blancaflor su regreso. Al fin nadie pudo ocultarle la triste noticia. Ni una lágrima escapó de sus ojos, ni un grito, ni un lamento, pero sus miembros se tornaron débiles y flojos; parecía como si su alma, en su deseo, quisiera arrancarse de su cuerpo. Roald no sabía cómo consolarla:

—Reina —le decía—, no queráis acumular los duelos sobre vuestro país; todos cuantos nacen están condenados a una misma muerte. Dios reciba en su seno el alma del rey, nuestro señor, y vele por la salud de los vivos.

Pero la reina no lo escuchaba. Durante tres días esperó reunirse con su señor. Al cuarto, dio a luz un hijo al que tomó en sus manos diciéndole:

—Hijo, ¡cuánto he deseado verte! ¡Eres la más hermosa criatura que nunca mujer llevó en su seno! Triste te he traído al mundo, triste es la primera fiesta que puedo hacerte, por ti siento tristeza de morir. Y como has llegado al mundo en medio de la tristeza, tu nombre será Tristán.

Mientras decía estas palabras lo besaba. Poco después entregaba su alma. Roald el Feguardante recogió al huérfano y lo confió a una dama noble, viuda de un caballero muerto en la guerra, que se encargó de amamantarlo.


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