Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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—Maestro —le dijo— diríase que habéis leído en mi corazón. Me gustaría ir a Cornualla, donde mi padre fue a tomar mujer, según lo que me habéis contado.

Acudió en busca de Roald, quien, con gran tristeza, lo bendijo y le dejó marchar en busca de aventuras.

Hicieron los preparativos para el viaje. Herraron rocines y acémilas. El Feguardante entregó a Tristán un palafrén de buen andar con una silla de alto precio. Tristán marchó, acompañado de su fiel ayo Governal, llevando el arpa colgada del arzón de la silla. Seis donceles de su edad, un cocinero y dos mozos de cuadra fueron con él. Largo tiempo cabalgaron a través de eriales, matorrales, landas y oteros. Atravesaron bosques y vadearon ríos de aguas profundas hasta llegar a los confines de Cornualla. Entonces Tristán ordenó detenerse a sus compañeros y les dijo:

—Pronto llegaremos hasta el señor de este país, pero os pido que ninguno sea tan imprudente u osado como para declararle quién soy ni de dónde venimos.

Todos asintieron y reemprendieron la marcha hasta acercarse a una villa rupestre, donde encontraron a unos segadores que conducían una carreta de heno. Tristán quiso informarse acerca del lugar en el que se hallaban.

—Amigo —dijo llamando a uno de ellos—, ¿sabes dónde se asienta el castillo del rey?


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