Tristan e Iseo

Tristan e Iseo

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Un gran clamor se levantó en la ciudad al llegar la noticia de que una nave irlandesa había arribado al puerto. Las gentes gritaban por las calles. Damas y caballeros hacían duelo y decían a sus hijos: «Hijos, ¡en mala hora nacisteis y en mala hora os engendramos si habíais de ser esclavos en Irlanda! ¡Más os valdría que se abriese la tierra y os engullese en su seno antes que ser siervos en tierra extraña! Mar, ¿cómo consentiste que la nave llegase al puerto y no la hiciste perecer entre tus olas?». Corría de boca en boca que pronto se echarían las suertes para saber quiénes serían conducidos como esclavos a Irlanda.

El rey Marcos había enviado sus cartas selladas y sus mensajeros para convocar a todos los barones de su reino. Desde días atrás había perdido su alegría: pasaba el tiempo encerrado en la cámara real, pensativo y taciturno. Nada lograba distraerlo: ni tablas, ni dados, ni ajedrez, ni juglares con sus bellos sones, ni aves de cetrería o grandes monterías.

El Morholt llegó a la sala abovedada en la que Marcos estaba reunido con sus barones. Su voz retumbó en la cámara:



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